Tuve un sueño. Tuve un sueño de verano. Tuve un sueño de verano y un sueño. Recuerdos… ¿recuerdas? El frío invita. Pase, tome asiento y sírvase un tecito. Noches de escuela, lluvia, las canchas inundadas y nosotros, niñitos, saliendo por un costado, en fila india, con el profesor repartiendo instrucciones y nosotros abordando el furgón escolar, jugando a dibujar en los vidrios empañados. Nosotros, y a las 7 de la tarde la luz se iba y el calorcito humano convertía las salas en un montoncito pegajoso de buenas intenciones. Se iban las clases y nosotros seguíamos jugando. En las cartas, en el mundo de tinieblas, en Rokugan, en otros mundos aparte de éste.
Nosotros en la escuela, recortando figuritas. Yo pintando y saliéndome de los márgenes. La profesora enojada y yo manchando las páginas del cuaderno con restos de Stick Fix. “Profesor, ya terminé de pintar” “Ya, entonces vaya y empareje”. Y emparejo. La profesora enojada y yo recortando fuera de las lineas. Mi mamá enojada y yo avisándole que la reunión de apoderados será mañana en la tarde. La profesora enojada y yo jugando a que mis lápices son los Caballeros del Zodíaco.
Clase de técnico manual. O educación tecnológica, como le dicen los puristas de la reforma. Taller, yo entusiasmado lijando madera como loko. Ya ni sé para qué la quería, pero te aseguro que la quería. El profesor me detiene, me quita la lija y en 3 segundos consigue lo que yo no pude en media hora. “El secreto es hacerlo lento pero con fuerza…”
Más tarde un amigo me citaría a otro maestro:
“No te apures tanto en ver el mundo, mira que te puedes aburrir”.

No es necesario llamarse Dalí para soñar que la memoria se derrite con el paso del tiempo.
“Lo mismo que me sorprende que un oficinista de banco nunca se haya comido un cheque, asimismo me asombra que nunca antes de mí, a ningún otro pintor se le ocurriese pintar un reloj blando“.
- Salvador Dalí, “La Persistencia de la Memoria”, 1931